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LA COMARCA DEL MATARRAÑA: UN SECRETO ENTRE CALLEJAS

Autopasión nº 017

ComentarEnviar a un amigoImprimir Textos  Ana Doral Brun  Fotos  Ernesto Ortiz 

1. La ruta2. Curiosidades3. Comer y dormir4. Citroën C6 Exclusive 2.7 HDI

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Entre olivos, vides y almendros, y cobijados en los caprichosos dibujos de la naturaleza, los pueblos de la comarca del Matarraña esconden una belleza mágica, sólo revelada a aquéllos que, con los sentidos despiertos, se detienen a pasear por sus calles.

Aragón o el Mediterráneo? Al fin y al cabo la naturaleza entiende poco de mapas. La comarca del Matarraña se encuentra en el extremo nororiental de la provincia de Teruel y limita con el sur de Tarragona, muy poco antes de alcanzar Castellón. La tierra en la que se asientan los 18 pueblos que forman esta Comarca es tan fértil como la mediterránea: olivos que ofrecen uno de los mejores aceites de oliva del mundo, almendros, melocotones y vides, todo ello bañado por tierras y montañas de color oro, de esos tonos siena que pintan las riberas del Ebro.

Calaceite, Beceite, Valderobres, La Fresneda o Torre del Compte sólo son algunos de los pueblos que podemos visitar en esta zona. Nuestro viaje, a bordo de un Citroën C6, comienza en Calaceite. Es la capital cultural de la Comarca y se ordena en torno a la falda de una montaña, así que la mayoría de las calles son estrechas, ásperas y empinadas. La rica historia cultural de este pueblo ha dejado su huella en las robustas arquerías en las que se asientan las capillas de San Antonio y Nuestra Sra. del Pilar, en edificios como la Casa Consistorial, de principios del S XVII, y por supuesto en la iglesia barroca de La Asunción de Nuestra Señora. A Calaceite, decíamos, se le conoce en la zona como “El pueblo de la Cultura”, tanto es así que el escritor José Donoso –entre otros muchos intelectuales- lo eligió para vivir durante su exilio en España. Quizá por el silencio, quizá por el paisaje cuajado de olivos y rocas escarpadas. Porque eso, las torres de tejas vidriadas de las iglesias, y las casitas amarillentas deslizándose por la ladera de la montaña, es lo que se ve desde la ermita de San Antonio, situada en un alto a un kilómetro del pueblo, junto a un antiguo poblado ibérico.

LA HUELLA DE LA PREHISTORIA
Casualidad o no, esta es una de las zonas más ricas en yacimientos arqueológicos de Aragón. Puede que durante su infancia, algo despertara la curiosidad de Juan Cabré, nacido en Calaceite en 1882, e importante arqueólogo. Fue él quien en 1903 halló las pinturas rupestres del barranco de Calapatá de Cretas, las primeras catalogadas como “de estilo levantino”, que datan de la Edad de Bronce. Más tarde se encontrarían las pinturas de Beceite y los restos de un poblado de la misma época cerca de la actual Mazaleón. El cauce de la historia sigue su curso en estas tierras: en Calaceite, Cretas, Mazaleón, Valdeltorno o Valjunquera, quedan restos de asentamientos iberos, la mayoría de ellos considerados y conservados como parte del Patrimonio de la Humanidad. Un poco más tarde, durante la Edad Media, los pueblos mudéjares (o “moros de paz”, como se llamaba en la Edad Media a los andalusíes que permanecieron en territorio cristiano) dejaron también su legado en la cubierta de la ermita de la Virgen de la Fuente, en Peñarroya de Testavins (también Patrimonio de la Humanidad), o en el torreón de Fuentespalda.

TIERRA DE CASTILLOS
Durante la Baja Edad Media proliferaron en esta zona los castillos y construcciones civiles o militares. La muestra más espectacular de este fenómeno en Matarraña, y prácticamente en todo Aragón, es el Castillo de Valderobres. Pero pongámonos en antecedentes: este municipio es el más grande de la comarca, y además su capital administrativa. El pueblo se estructura en torno a calles estrechas y empinadas (típicas de las zonas defensivas de la época de la Reconquista) entre las que es fácil encontrar edificios de estilo gótico o renacentista, y callejas que conservan todo su encanto medieval. Como la guinda al pastel, en la parte más alta se encuentra el castillo. Comenzó a construirse en el Siglo XIV y estuvo habitado hasta bien entrado el S XVII por los obispos y arzobispos de Zaragoza y por familias nobles de Aragón, e incluso fue residencia ocasional de Doña María de Castilla y de Doña Leonor de Alburquerque (ambas reinas de Aragón). Su fachada es una de las mejores muestras del gótico civil en España. La planta del edificio es hexagonal (aunque irregular, para adaptarse al terreno en el que se asienta) y en cada uno de los vértices se erige una torre defensiva almenada. Por dentro, el castillo se ordena en torno a un patio central descubierto, típico de las construcciones medievales, y se divide en dos áreas: la septentrional, más militar y defensiva, y la otra mitad, destinada a las dependencias de los habitantes del castillo. Tiene cinco niveles: un sótano y una terraza, y entre ellos tres plantas principales. La importancia de cada una de ellas y la función de sus dependencias se manifiesta al exterior a través de la tipología de las ventanas: en el muro de la planta baja se observan sencillos vanos adintelados, tracerías góticas en la segunda, y en la superior grandes arcos de medio punto y una bóveda gótica. Aneja al castillo se encuentra la iglesia de Santa María La Real, que destaca por el gran rosetón de la fachada y está considerada una de las muestras más representativas del gótico aragonés. Todo el conjunto está catalogado como Monumento Histórico Artístico. También merece la pena echarle un vistazo al Castillo de Fresneda.

RESERVA NATURAL DE LOS PUERTOS DE BECEITE
Este año no ha llovido demasiado, así que los ríos que bañan la Comarca -el Algars y el Matarraña- bajan con menos agua de lo habitual, por eso las piscinas naturales que habitualmente se forman en Beceite y en Lledó esta temporada no están demasiado llenas. Lo mismo sucede con los saltos de agua como el de El Raig. Pero a pesar de la sequía, el paisaje de la Comarca del Matarraña ofrece zonas de monte con vistas espectaculares, como sucede en el Monte de San Cristóbal, en Calaceite. Pero lo más llamativo de esta zona, sin lugar a dudas, son los Puertos de Beceite. Se trata de la cadena montañosa más importante de la provincia de Teruel, situada a unos 500 metros sobre el nivel del mar. Tiene un perfil intrincado, cuajado de barrancos, agujas y crestas entre las que se esconden senderos que conducen hasta rincones de naturaleza exuberante. En cuanto a la fauna, los Puertos de Beceite son el hábitat natural de una de las más pobladas reservas de cabras salvajes, y una importante zona para las aves, entre las que podemos ver palomas torcaces, alimoches o buhos reales, entre otras. Otro de los elementos que dan vida al paisaje de la comarca son las tierras de cultivo del almendro y del olivo. La piedra caliza es otra de las protagonistas del paisaje de esta zona, pintando de color siena las montañas sobre las que se asientan los pueblos de la comarca.

Además de los museos etnológicos y etnográficos como los de Torre del Compte, Cretas y Tastavins, se puede visitar también el Museo Juan Cabré, en Calaceite, o el del Aceite en Ráfales. En cuanto a otras actividades al aire libre, la comarca es un filón para los amantes de la espeleología, la escalada e incluso el puenting.

Además del aceite de oliva virgen, adscrito a la D.O. “Aceite del Bajo Aragón”, también se trabaja para la D.O. “Melocotón de Calanda” y para el “Jamón de Teruel”. Son típicos también los platos elaborados a base de cordero, miel, quesos y adobos. A lo largo de toda la comarca hay multitud de restaurantes en los que disfrutar de la estupenda gastronomía de la zona.

Fonda Alcalá: Avda Cataluña 57. Calaceite Tlf. 978851028.
Antigua posada de Roda: C/ Villanueva 19. Beceite Tlf. 978850254
Bar restaurante Matarraña: Plaza Nueva 5. La Fresneda. Tlf. 978-854503.
La Cova: C/ S. Hernández Ruiz 13. Valderrobres. Tlf. 978-850449.
Café-Bar Amengol: Ramón y Cajal 8. Mazaleón. Tlf. 978898739.

De aspecto imponente, el C6 es la berlina más grande de Citroën. Por su tamaño y su generoso equipamiento, es una opción óptima si se quieren hacer viajes largos con toda la familia. El C6, además, mima especialmente a los ocupantes de los asientos traseros, que en las versiones más equipadas (como la que condujimos en esta ocasión), se regulan electrónicamente y están calefactados. Por otra parte, la suspensión es regulable electrónicamente, de modo que la cabina queda aislada de las irregularidades del asfalto. Otros sistemas de tecnología y seguridad hacen que este coche se convierta en una auténtica berlina de lujo: la pantalla virtual, que proyecta la información del cuadro de mandos en el parabrisas para evitar distracciones, el freno de mano eléctrico o algunos de los dispositivos de seguridad más avanzados del mercado. Por otro lado, el diseño del C6 hace girar cabezas a su paso, que se entretienen en observar la peculiar forma de la parte final de la carrocería, y la forma cóncava de la luneta, así como las ventanillas sin marco. En cuanto a la mecánica, el nuestro era un diésel con caja automática secuencial de 204 CV.

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