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Por Madrid a bordo del Ferrari F430 Spider: Un día de furia
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1. Por Madrid con el Ferrari F430 Spider2. 10 razones para no comprar un Ferrari3. Banco de datos
Hoy teníamos que cruzar Madrid, como tantas otras veces, para realizar un estudio de tiempos y promedios. Con gran fastidio, hemos tenido que hacerlo al volante de un Ferrari F430 Spider. Montados en su ruido de terciopelo, mareados de sensaciones, observados como es raro ser observado si no se tienen dos cabezas o cinco brazos, hemos conseguido nuestro objetivo. Álex Puyol ha vuelto a hacer unas buenas fotos.
Si ensartamos un tópico con otro, saldrá lo que cualquier aficionado sin demasiadas ganas querría leer. Pero no hemos gastado un día para conseguir sólo eso, la satisfacción pasiva de un lector vago, o aún más humo para el ya bien satisfecho orgullo del fabricante italiano. Es más, nos hemos montado en el F430 Spider con verdaderas ganas de sacarle punta y encontrarle defectos. Causa inútil, pues apenas los tiene.
Gasta muchísimo, sí, claro, pero también tiene cerca de 500 CV, que se expresan como la seda. Cuesta más de lo que algunos ganamos en un año, por supuesto, pero eso, y lo otro, es insuficiente para acotar sus aspectos menos convincentes. Si quieren saber qué motivos hay para no comprarlo, atiendan. El objetivo es cruzar la ciudad. Cruzar Madrid no es sólo cruzar una ciudad, es también vencer la atropía municipal en sustancia, el cuerpo y alma de la manipulación interesada. En Madrid, como en tantos otros lugares del mundo, lamentablemente, no existe el servicio público como tal. Todo se hace por algo, desde luego, pero casi nada tiene que ver con el bienestar o el beneficio colectivos. Se hacen obras faraónicas para quedar bien con el contribuyente (no he dicho “ganar votos”, ni es eso lo que quiero decir), pero no para servirle del menor auxilio. A la hora de la verdad, los túneles de la M30 se inundan porque ha llovido un poco más de lo acostumbrado. Como aquí no se sanciona ni se procede contra el patrimonio de ninguno de estos individuos, pues bastante trabajo hay requisando el sueldo a miles de desgraciados, estamos perdidos. La gente normal lo tiene crudo. Birlar un euro sigue saliendo más caro que mangar un millón, y así vamos. Cruzar Madrid en un día de furia es tarea de chinos. La primera circunvalación, la M30, está cortada en su sector sur-oeste. Tímidos paneles luminosos, paneles que nadie sabe muy bien si son competencia de Fomento o del Ayuntamiento de Madrid, indican al común que conviene diferir el tráfico hacia el segundo cinturón, la M40. Cualquiera, sin demasiados estudios, puede suponer en qué acaba eso, y cómo estará la M40 a las 10 de la mañana. Y cómo puede estar Madrid, a nada que esa legión enorme de mortales desocupados decida depositar sus coches en unos problemáticos y céntricos metros cuadrados de asfalto. ¿Qué hacen todas esas personas, cientos de millares, pululando al buen tuntún por el corazón reblandecido de la urbe? ¿No tendrían que estar trabajando, o siquiera recogidos en sus cosas? Por alguna razón que nadie explica, porque nadie puede explicársela a sí mismo tampoco, el centro de Madrid está incluso más atascado que de costumbre. No sabemos si de ociosos, viajantes o artistas de circo, pero en todo caso son muchos, por lo que tocan a varios cientos por especialidad, entre electricistas, carpinteros, matronas, enterradores, cirujanos, representantes, poceros y así hasta la zeta de los oficios. Si nos puede la furia, tardaremos más y llegaremos peor. Así que calma, tiempo y espacio para que el gran Puyol coloque sus lapas, tirantes, trípodes y ánodos. No interrumpamos su Arte.
Primer problema: el F430 puede rodar a muy baja velocidad sin sobresaltos, sobradísimo como está de par, y equipado como viene con una transmisión semi-automática de verdad inteligente. Pero a 21 km/h de promedio no se encuentra nada a gusto. Tose, se queja, trepida, ruge y en general se lamenta. Su conductor, atrapado en el caos viscoso de la incompetencia colectiva, sufre tanto como el coche. Qué ganas de salir quemando goma, hasta alcanzar esa escalofriante velocidad de… ¡50 km/h! Madrid no es una ciudad inteligente en lo concerniente al tráfico. No creo que haya ninguna ciudad inteligente en todo el mundo, pero Madrid, si fuera posible un concurso de desarmonía colectiva, se llevaría la palma. No he dicho que sean idiotas los conductores, que lo somos todos un poco en general; digo que una gigantesca carpa de incompetencia mal disimulada cubre a la corporación municipal de la Villa, a ésta y a todas las anteriores, desde el alcalde al menos brillante y apreciado de sus concejales.
Haría mejor el Ayuntamiento declarándose incompetente en materia de tráfico rodado, como hicieron Turín o Milán hace cuarenta años, con el resultado que todos conocemos: tonto el último. Luego vinieron los parquímetros, que no llegaban para ofrecer verdaderas soluciones, sólo para cosechar dinero rápido. Para no sabemos qué fines, un poco como aquí. Antes de empezar la jornada, tengo que recoger precisamente a Álex Puyol en la T4 de Barajas. Viene de fotografiar un tití en Madagascar, y sus tarjetas de memoria llegan seguramente repletas de secretos que Puyol tardará en confesar. Hay que ver cuántas trampas se interponen entre el viajero que pretende llegar a la T4 y la propia terminal. La A11, que sale de algún sitio de la encrucijada norte M30/M40 y llega, tampoco sé muy bien cómo, hasta el aeropuerto de Barajas, nos indica con suavidad que desde ahí nace un camino hacia IFEMA, la Feria de Madrid. Poco después inquiere con determinación para tomar el buen camino hacia la T4. Esa llamada, dos carriles absorbidos a la A11, nos lleva a un peaje. No es caro, pero eso se llama piratería. Los más expertos harán caso omiso de esa advertencia tan grave, y continuarán hacia las terminales T1/T2/T3. Limitación de velocidad absurda, señales confusas y todo lo que se quiera, pero atravesando todo el antiguo aeropuerto llegamos por fin a la T4 sin pagar impuesto revolucionario. Si vamos hacia el aparcamiento, es fácil pegarse un guantazo de libro en la última curva a derechas, que se cierra y tiene contra-peralte, como si hubiera sido dibujada en el último momento por alguien en prácticas. Si hemos salido indemnes de ésa, ya no hay problema: nuestras almas quedan protegidas por una sucesión de salvajes guardias dormidos, capaces de arrancar los amortiguadores de su sitio. Si el coche sale entero de ahí, se acabaron las tribulaciones: una jornada de estacionamiento sale por sólo 30 euros, un precio
muy barato, y un refugio muy conveniente si tenemos la suerte de que los seminaristas de la chapela no hayan decidido poner ese mismo día una bomba allí. Primer destino, la Plaza de España y aledaños, trepando por la Cuesta de la Vega desde el Puente de Segovia, al que –claro– no hemos podido llegar por la M30, que hoy no funciona. Los parquímetros sí. Visita rápida a la Puerta de Toledo, y a la Latina, Las Vistillas y el Viaducto –ahora no apto para suicidas–, con regreso por la calle Bailén, que requiere un cursillo. No así acceder a la explanada de la Plaza de Oriente, hoy peatonalizada (¡bien hecho!), por donde nos ponemos a circular entre las mesas, los aperitivos, los cafés y sus respectivos turistas asombrados. Nadie nos lo reprueba, y debería. Parecemos parte del espectáculo. No se nos resiste el Palacio Real, y tampoco la Ópera. (¿Y si nos acercamos al palacio de la Moncloa?) Salir de ahí, como superar los sucesivos guardias dormidos, socavones y muros de contención de la capital, todos de titularidad municipal, requiere pericia y paciencia, y apretar las mandíbulas por si la parte baja del morro llegara a rozar con el suelo. Roza un poco en ocasiones. ¿Lo ven? Un buen motivo para no comprarse un F430. Biplaza inadaptado, y encima descapotable. Demasiado llamativo, otro gran defecto. Y tiene un sonido cantarín que delata al más discreto como un gran fantasma con ganas de llamar la atención. Por la Gran Vía llegamos a Callao, a Cibeles y la Puerta de Alcalá. Un Porsche Boxster nos invita a echar una carrera. Rehusamos. No sólo porque está feo jugar con ventaja, también porque a alguien podría molestarle tanto ruido. Nuestra intención es llegar al Caixa Forum, para dejar el Ferrari subido a la acera entorpeciendo lo más posible el tránsito, visitar alguna exposición y hacer alguna foto-testimonio, pero no tenemos éxito. Almadén está en obras, lo que complica transgredir el muro que separa la calzada central del carril bus. Nos
contentamos con cruzar Recoletos hacia la Bolsa, ver a lo lejos con nostalgia el Botánico y otro tanto con el Retiro. Por cierto, el Retiro anda lleno –dicen los becarios de TVE– de criminales que han cambiado la navaja y la pistola por las manos: un regimiento de orientales ¡«sin titulación»! ofrece sus servicios como masajistas, lo que en opinión de nuestros colegas faltos de noticias es un terrible atentado a la salud pública. Ya saben, si pasean por el retiro y les ofrecen un masaje relajante por 10 euros huyan de inmediato. En alguna clínica cercana se lo darán por 50.
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