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Prueba Especial Dodge Magnum V8 6.1 HEMI: El desafío perfecto
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A una media milla, o tal vez más, observo el paso fugaz de una moto en su justa particular. Eso sí que requiere coraje, pienso. Dos escasos puntos de apoyo, prohibido tocar el freno, cambios muy delicados, firmeza con el manillar, suavidad exquisita con el gas y si algo falla, que a veces ocurre, tu cuerpo puede acabar siendo tu propio airbag contra una superficie, aunque despejada, más dura de lo
que cabría esperar. Orden de partir, gas, progresivo, suave y, aun así, los controles de tracción gruñen. Aquí no tiene ningún sentido acelerar a fondo como si quisieras batir los 5,5 s de 0 a 100 km/h oficiales; el ASR te dejaría en ridículo y, posiblemente, medio hundido. No. Se trata de ganar la máxima velocidad posible –o lo que te atrevas, en mi caso– en la milla de aproximación establecida y después mantenerla –o ganar más si es posible– hasta la siguiente pareja de conos, otra milla. Así, hasta siete, que es el largo de esta pista. Esa es la proposición, ese es mi reto. No me han forzado a ninguna distancia en concreto, pero hay que cumplir unos mínimos ¿no? Las relaciones del cambio automático, algo largas, van sucediéndose y los cerca de 59 kgm de par máximo, muy presentes en casi toda la curva del motor,son un aliado inestimable para asegurar la motricidad. El sonido sedoso del V8 HEMI empieza a cambiar de registro, por otro más profundo y firme a medida que sube su régimen de giro. La sensación de avance es poderosa. Delante, nada; bueno, unas banderas, los conos acercándose y algún trazo negro que parece delimitar el ancho de la pista acondicionada. Más lejos, el horizonte azul parece aligerar la tensión.
Alguna oscilación del volante, más suave que de costumbre, revela las pequeñas irregularidades y diferentes consistencias del terreno. Hay que estar atento a estos mensajes, y prever, además, que la sal flotante que se deposita en la pista puede auspiciar un fenómeno de pérdida de adherencia similar al aquaplaning.
Continúo mi progresión sin titubear en exceso, con gran fe en los tres metros de batalla del coche, guardando las referencias, aunque no tengo una consciencia clara del ritmo que llevo. Los conos de la primera milla están ahí... Sin embargo, reconozco que la piel no me llega al asiento cuando de hurtadillas veo la aguja del velocímetro flirtear con el dígito 130 y el V8 ya se dispone a bramar camino de las 6.000 vueltas. Noto cómo la dirección comienza a flotar en exceso y eso revitaliza mi instinto de conservación. Me exijo a mí mismo ganar otras 20 millas más al contador, el equivalente a unos 240 km/ h, y aguantar hasta alcanzar el segundo par de conos, antes de plantarme e ir decelerando suavemente. Tengo suficiente, sudo como un pollo, las manos como garfios y las venas hinchadas; la tensión y la falta de experiencia, seguro. Apenas habré invertido un par de minutos, pero es mucho más de lo que esperaba. Como experiencia resulta indescriptible y mi júbilo es enorme. Regreso por el carril indicado al punto de inicio. Todos sonreímos de oreja a oreja, yo el primero, sacando pecho, por supuesto. De vuelta a la interestatal 80, camino de la 15 Sur que nos coloca en disposición de llegar a Green River, una inmensa quietud me invade, como si hubiera superado una asignatura de postgrado.
El Magnum, limpio de cualquier indicio transgresor, con sus pinturas de guerra más afirmadas que nunca, se acomoda plácidamente a la rutina del tráfico. De otro modo, sin la protección de las salinas, seríamos presa fácil de la Highway Patrol. Su demostración ha sido tan convincente que ya no hay prisas que valgan. El murmullo sedoso del HEMI es tan complaciente con el oído como chocante con el tema 100 mph de Lime Regal que suena en la radio satelital del Dodge. Cuestión de acoplarse, otra vez. Pero antes de proseguir hacia los Canyonlands, una parada, obligada, en la moderna, algo desconcertante y rígida de costumbres Salt Lake City. Sobre todo, nos viene de gusto darnos un homenaje en Market Street Grill y saborear algunas de sus especialidades de marisco y pescado. La tradición afirma que el género siempre es fresco, del día, traído en avión si hace falta desde las lejanas islas de Hawai. Fuera, frente a la fachada principal del edificio de estilo neoyorquino (1906), el porte del Magnum se agranda bajo la luz de los neones.
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