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Prueba Especial Dodge Magnum V8 6.1 HEMI: El desafío perfecto

Autopasión nº 037

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  1. Prueba Especial Dodge Magnum V8 6.1 HEMI
  2. El coraje de los motards
  3. Historia del motor HEMI
  4. Banco de datos

Utah es una tierra de contrastes en lo superlativo. De paisajes magníficos de norte a sur, y de gentes tenaces y creativas, celosas de la tradición y abiertas al progreso. Recorrer esta región del sudoeste de Estados Unidos a bordo de un poderoso Dodge magnum HEMI es aspirar a emparejarse con la grandeza del lugar.

No creo que haya una única razón para viajar a esta región del sudoeste americano. Es tierra talismán para aventureros, oportunistas, religiosos, artistas y todo tipo de deportistas, incluido ese género especial, particular y encantador, formado por los locos de la velocidad pura que se citan en la región del Gran Lago Salado, que se ubica en un emplazamiento próximo a Salt Lake City, que es la capital del estado y sede espiritual de los mormones.
El Bonneville Speedway es un complejo perfectamente organizado que no ha perdido su frescuraUtah es generosa con todas las aficiones y creencias hasta el extremo de procurarles un santuario particular a cada una de ellas. Pese a la familiaridad de sus paisajes, retenidos en multitud de películas y promociones de lo más variopinto, abundan –y mucho– las ocasiones para ser sorprendido en Utah. Incluso esa conectividad mental es un aliciente más para la imaginación y el deseo de explorar. ¿A quién no le persigue el interés por indagar sobre los pasos de Thelma Louise, las escaladas de Tom Cruise en Misión Imposible 2, revivir la épica del Far West a través del film Tombstone de Val Kilmer y Kurt Russel, o las peripecias del motero Burt Munro en medio de la desolación de las tierras saladas del norte?

Bonneville Sand Flats


El Dodge Magnum fue un excelente aliado en Salt Flats, con su motor HEMI de 430 CV Cualquier punto cardinal es bueno para adentrarse en el 45 estado de la Unión. Si vienes del oeste, la interestatal 80 es la mejor puerta de acceso, sobre todo si tu memoria se agita con las gestas de Don Waite. A bordo del Edelbrock, Waite fue el primer piloto en superar los 300 km/h en las salinas que rodean Wendover. Corría el año 1927, aunque habría que esperar a los duelos de Ab Jenkins y Malcolm Campbell con su Pájaro Azul, en la década de los 30-40 del siglo pasado, para que Bonneville cimentara la popularidad de que goza actualmente. Desde entonces, aplicando el dicho de que los récords están para ser superados, los desafíos fueron sucediéndose sin descanso. En 1965, Craig Breedlove rompía la barrera del sonido con el Spirit of America (965, 57 km/h) y, cinco años más tarde, Gary Gabelich fue el primer humano (?) en superar la frontera de los 1.000 km/h en tierra (1.001,67 para ser exactos) con el Blue Flame. El registro absoluto data de 1997, con 1.228 km/h (1,02 veces la velocidad del sonido), obra de Andy Green, el mismo tipo que hace un par de temporadas pulverizó la marca para motores diésel (563,4 km/h) con el JCB Dieselmax de 1.500 CV. Actualmente, Bonneville Speedway es un complejo perfectamente organizado que no ha perdido su frescura ni la fidelidad a sus principios, abierto a todo el mundo, coches y motos o artefactos que se les parezcan, dispuesto a batirse el ego y los arrestos en los trazados delimitados, algunos de hasta la nada desdeñable cifra de 12 millas de longitud y óvalos que hacen gala de mayor distancia todavía.
Los improvisados boxes aparecen en medio de la nadaTambién acoge cursos de perfeccionamiento de conducción y las marcas acuden con frecuencia para poner a punto sus modelos, incluidos aquellos que utilizan tecnologías experimentales, y realizar videos promocionales de lanzamiento. Cuando llegamos, la tradicional Bonneville Speed Week, que se celebra en agosto, y otra de Velocidad, en septiembre, que congregan a miles de aficionados al motor, son sólo un recuerdo. Pero todavía hay mucha actividad en las salinas. Un tipo grandullón nos interpela a la entrada, un simple chiringuito que todo bicho presente respeta en escrupuloso orden de llegada. Tras interesarse por nuestra procedencia y el propósito de la visita, nos franquea el paso con toda clase de explicaciones y facilidades para movernos. Estamos al final de la estación hábil para pruebas, un fin de semana de octubre y, además, reservado para los motards. Pero la actividad que deparan pilotos, espectadores y máquinas merece la pena.

Un desafío posible


Nuestro Magnum, de color rojo vivo como las ascuas de un fuego, es una insolencia al fúlgido blanco de la sal que cubre este antiguo lago de origen glaciar. Un desafío cromático que exige satisfacciones. ¿Tendremos la suerte de medirnos en imaginaria justa en esta palestra casi infinita? El espectáculo de la naturaleza, con las oscuras Silver Island Montains al fondo, es igual de desafiante. Para estar a comienzos de otoño, la temperatura ronda los 35°C, la reverberación de la luz te deja la piel del color de un cangrejo y las partículas de sal flotantes resecan los labios de forma increíble.Atravesar esta zona hoy en día apenas lleva tres horas por la I-80, pero cuesta imaginarse las penurias que tuvieron que soportar los primeros colonos con su carretas a comienzos del siglo XIX camino del Oeste que iban a domar.
.Así de salada quedó la rueda de nuestro Dodge Magnum al terminar la pruebaEn la vecina Elko, en Nevada, quedan testimonios y descendientes de familias vascas que hacia 1850 pasaron por este inhóspito desierto. Tras un buen rato deambulando por lo que equivaldrían a unos paddock improvisados –no hay edificación estable alguna– observando los presentes, auténticas raras avis algunos, y máquinas, otro tipo con pinta de santo varón, amable en extremo y al corriente de nuestra presencia, me larga una propuesta que no hubiera soñado que cuajaría: probar en una pista auxiliar la velocidad del Magnum. Soy consciente de que vengo bien calzado para afrontar lo que sea.
La sólida imagen de este SW deportivo impone, y su motor Hemi de 430 CV es toda una institución entre los entendidos y amantes de la Nascar y las pruebas de dragsters. Creo que a este marshall y sus colegas les puede, además de sus ganas de agradar, la curiosidad de saber cómo maneja un latino del otro lado del Atlántico una bestia como este Dodge, tanto como a mí probar mi capacidad de salir del envite como un pavo real. Sin apenas darme cuenta, rompiendo casi toda burocracia, me encuentro apuntando el morro del coche a una imaginaria meta, hacia el este, tan infinita que aparece ligeramente curvada en el horizonte. Atiendo las sugerencias sobre cómo proceder en una superficie de menor adherencia que un asfalto de quinta mojado, que, además, colmata rápidamente la banda de rodadura de las gomas, que en este Magnum son unas 245-255/45 R20 (¡casi nada!). Mucho cuidado con la dirección, trátala con exquisitez, me dicen, y los riesgos de un trompo. No es la primera vez que me enfrento a una historia de éstas, pero, fuera de algún pasaje en Asia central y otros más en lagos salados andinos, soy primerizo sobre una pista de sal en términos de velocidad pura. La razón me aconseja que no debo flirtear con los 250 km/h autolimitados que permite el coche, aunque el corazón me azuza a no rajarme. Quiero seguir mi camino hacia el sur y conocer las bellezas geológicas que aguarda. Para eso Utah es el estado con
mayor número de parques nacionales de EEUU. Sobre todo quiero parar en Green River y revivir ni que sean unos días el fascinante viaje de John Wesley Powell aguas abajo del Colorado. Pero el escenario impone y la adrenalina parece fluir a borbotones.

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