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1. La ruta2. Sobre el viaje3. Curiosidades4. Comer y dormir5. Hunday I30 2.0
La ciudad de las torres lleva años reivindicando su existencia al compás del lema “Teruel existe”. Entre leyendas de toros, estrellas y amantes con vocación de Romeo y Julieta, la villa invoca su pasado mudéjar.
Cuenta la leyenda que las tropas del rey aragonés Alfonso II corrieron tras un toro bravo cuyos cuernos rozaban una estrella que se desplazaba a la misma velocidad que el animal. Tras el esfuerzo y el sofoco, los fieles soldados encontraron el emplazamiento de la futura ciudad de Teruel. Corría el año 1171 y al rey de Aragón le urgía proteger la frontera meridional de su reino, tras la conquista de Valencia por parte de los Almohades. Estos, descontentos con la actitud religiosa, según ellos demasiado ligera, de los Almorávides, tomaron el mando del mundo musulmán para detener los avances de los cristianos en la Península Ibérica. Entre la necesidad de crear un punto estratégico para vigilar la frontera y las luchas por reconquistar la Península, entre leyendas de toros y estrellas, nació Teruel. Pero las primeras huellas de la población que se han encontrado en el Alto Chacón, la colina que hace frente al casco antiguo de Teruel, remontan a los tiempos de los Íberos, que llamaron al lugar Turboleta. Posteriormente, los romanos ocuparon toda la zona. Algunos historiadores incluso pretenden que el enclave musulmán llamado “Tirwal”, cuyo nombre aparece citado en el año 935, se asentaba en el barrio de la Judería de la futura villa.
Aunque quedan todavía muchas dudas por resolver, hay quien dice que el origen del nombre de la ciudad está ligado a la palabra “Tirwal” y otros creen que más bien procede de la unión entre las palabras aragonesas “Tor” (Toro) y “Uel” (Estrella). Con leyendas y hechos históricos en el bolsillo, nos adentramos, repletos de curiosidad, por Aragón hasta la ciudad de las torres en un Hyundai i30 1.6. Teruel espera a los visitantes del este y del oeste por la A 23, al curioso del sur por la N330 y viajero del norte por la N420. Al llegar a la ciudad, lo mejor es dejar el coche y empezar a deambular por sus calles, de una torre a otra.
DE TERUEL AL ALTO CHACÓN
Una vez hayamos desgastado las suelas de nuestros zapatos por las bulliciosas calles del núcleo antiguo de la ciudad y tras haber comprado unos cuantos kilos de exquisito embutido aragonés, podemos seguir nuestra ruta saliendo por la Escalinata, una inmensa escalera realizada entre 1920 y 1921 por José Torán o por el acueducto-viaducto de los Arcos, iniciado en 1537 y principal acueducto renacentista español y la obra más destacada de Pierres Vedel.
El manantial del que se toma el agua, La Peña del Macho, está a unos cuatro kilómetros de Teruel. El agua se traía a través de un dispositivo de canalizaciones que comprendía más de 140 arquetas y 11 fuentes. Después, la recogida de aguas se hacía a través de aljibes, como el Aljibe Fondero que también se puede visitar hoy en día, cerca de la plaza del Torico.
Tras estas visitas urbanas, nos espera un pequeño paseo de rectas y curvas hasta el Alto Chacón donde se pueden visitar los restos del antiguo poblado celtíberoromano enclavado en el extremo más occidental de la Muela de Teruel, sobre el río Guadalquivir, primera huella que atesta de la presencia de una población en esta zona. Las torres se vislumbran a lo lejos y la vista se pierde sin límites por las tierras llanas de la Meseta.
El silencio del atardecer en el Alto Chacón permite a la imaginación divagar hasta esos tiempos lejanos que mezclaban alegremente historia y leyenda. Pero todavía nos puede la curiosidad y rumbo al oeste nos acercamos al pueblo de Albarracín.
PERDERSE EN ALBARRACÍN
Tras una recta de unos 12 kilómetros, empezamos la ascensión por la Sierra de Albarracín, hasta llegar al pueblo que dio el nombre a la montaña. Ya en la prehistoria, Albarracín estuvo poblado, como atestan las pinturas rupestres del Rodeno. Su historia se fue construyendo al hilo de las sucesivas invasiones. Primero celta y luego romana, se llamó Santa María de Oriente al cristianizarse. Pero con la invasión musulmana adquirió su nombre definitivo, cuyo origen se puede encontrar en el nombre del grupo berberisco que se apoderó del pueblo: Ibn Racin. Cuando se dividió el califato de Córdoba, del que dependía Albarracín, adquirió su independencia como reino taifa musulmán y tuvo tres reyes a lo largo de 94 años. Con los almorávides, pasó a depender del Reino de Valencia.
Sus murallas siempre protegieron Albarracín de su entorno y al caer en manos de la familia de los Azagra, pasó a ser un Señorío Independiente de Castilla y Aragón y desarrollando con éxito una economía basada en el comercio, la ganadería y la industria de la lana. Aunque Jaime I no logró conquistar Albarracín en 1220, sí lo consiguió Pedro III de Aragón en 1285. Finalmente, pasó a formar parte de la Corona de Aragón en 1300.
Todos estos hechos políticos explican la importancia de la fortaleza y del sistema defensivo del pueblo que todavía se puede admirar hoy en día. Al pasear por sus pequeñas calles, entre edificios rojos como la tierra de sus montes, se respira todavía esos aires de pequeño reino independiente que sorprendió, en su día, a los reyes más testarudos. La belleza del arte de la forja se deja admirar en las puertas y balcones de sus casas, y sus gentes, con la mirada punzante de la montaña, muestran con orgullo los rincones más bellos e inolvidables de un pequeño pueblo que fue todo un reino.
EL EMBRUJO MUDÉJAR
La riqueza de Teruel emana de la conjunción entre el arte y la sabiduría del mundo cristiano y del mundo musulmán, pues, tras la reconquista cristiana, una parte de la población musulmana de España continuó viviendo en sus pueblos y ciudades pero conservando sus usos y costumbres. Esta población recibió, entonces, el nombre de Mudéjar y las obras de sus artesanos y constructores fusionaron los estilos europeos con la tradición islámica.
El arte Mudéjar, que empleaba materiales fáciles de elaborar y baratos, logró alcanzar la belleza desde la simplicidad: ladrillos, yeserías, maderas policromadas y cerámicas vidriadas, predominando el verde y el blanco así como las estrellas de ocho puntas, componen la rica decoración que llenan las calles turolensas. El ejemplo más representativo es el conjunto de torres mudéjar: San Pedro, la más antigua de todas, se construyó en el siglo XIII; San Salvador, coetánea a la Iglesia del Salvador, es un edificio barroco de finales del siglo XVII que se hundió en 1677, por lo que se tuvo que reconstruir totalmente; San Martín, constituida por dos torres, contiene una torre dentro de otra, unidas por las escaleras que suben al campanario que domina toda la ciudad y la torre-campanario de la Catedral de Santa María de Mediavilla. Este último es un edificio muy complejo, pues reúne ocho siglos de existencia y sucesivas aportaciones artísticas. Merece la pena pasear un rato bajo su techumbre, que se realizó en 1300 y que mezcla elementos de decoración que plasman la vida vegetal con otros de tradición islámica y decoración figurada gótica.
Además de sus torres, no tenemos que olvidarnos que Teruel fue, en sus inicios, una fortaleza para vigilar la frontera del reino de Aragón, también se conservan distintos torreones de las murallas como el de Ambeles, con su original planta estrellada, el de San Esteban, el Rincón, Bombardera y Lombardera. Sin embargo, de los portales, sólo quedan el de Daroca, el de San Miguel o el da la Traición. De una torre a otra, siguiendo la muralla y los restos de su época más bélica, el núcleo antiguo de Teruel va desvelando sus secretos, hasta llegar a su corazón, la plaza del Torico, donde destacan también algunos edificios modernistas como la Casa del Torico, la Casa de Ferrán y la Casa Madrileña. Pero la plaza es sobre todo el territorio del legendario fundador de la ciudad.
Ahí, la diminuta estatua de un toro de bronce corona una alta columna. En su día, se cuenta que este pequeño toro asusto a los enemigos de la ciudad que pensaron que se trataba de un toro de verdad, pues al verlo de lejos no se dieron cuenta que era un torito de mentira.
LOS AMANTES DE TERUEL
Cuándo un lugar desborda de leyendas, no puede faltar también una historia romántica, y Teruel no es una excepción. A principios del siglo XIII, Juan Diego de Marcilla e Isabel de Segura se enamoraron con locura. Pero la familia adinerada de Isabel rechazó a Juan Diego por no tener una fortuna digna de ella. Sin embargo, le concedieron un plazo de cinco años para enriquecerse.
El joven se fue a la guerra, en aquella época uno podía conseguir nombre, tierras y dinero en el negocio bélico. Pero, al regresar al cabo de cinco años, Isabel ya estaba casada con el hermano del señor de Albarracín, un pueblo cercano. El pobre enamorado consiguió entrevistarse con ella y le pidió un último beso. Pero la guapa y casta Isabel se lo negó y el joven murió de dolor. Al día siguiente, mientras se celebraba el funeral del joven despechado, una mujer enlutada se acercó al féretro y besó al difunto. Era Isabel, que al posar sus labios sobre la fría cara de Juan Diego, calló muerta a sus pies.
Tras varios siglos, en 1555, se descubrieron dos momias enterradas en la capilla de San Cosme y San Damián de la Iglesia de San Pedro. Es el testimonio del notario Yagüe de Salas, descubierto posteriormente en un documento antiguo, que aportó algunos datos a la leyenda. Los restos de los Amantes nunca han salido de la Iglesia de San Pedro y desde el año 2005, se puede visitar el Mausoleo de los Amantes, bajo las esculturas de alabastro de Juan de Ávalos, así como distintos documentos históricos que hablan de esta romántica y trágica historia en un edifico diseñado por el arquitecto Alejandro Cañada.
Teruel también existe en su gastronomía que, en cada esquina, rinde homenaje al embutido. Claro que aquí, se sabe curar al jamón del país, a los chorizos picantes o suaves, al lomo de color púrpura y a los salchichones. Y no penséis que sólo se homenajea al cerdo. Fuets de jabalí se mezclan sin complejo con longanizas de ciervo y el queso de cabra no se queda atrás, vistiéndose de romero, pimienta y otras especies.
Para encontrar estos deliciosos manjares, basta con pasear por las calles de la ciudad o por cualquier pueblo de la provincia, pues están llenos de charcuterías que exponen sus tesoros como si de carísimas joyas se tratara. En Teruel mismo, nos encontramos con los bares y tiendas de Jamones Rokelin, en la Calle del Comandante Fortec, por ejemplo. También se puede acudir a la charcutería Roque Ramo, a la conocida Jaelca S.A. o a Porcino Teruel S.A.. El cordero también es uno de los pilares de esta gastronomía, así como las aves, el conejo en adobo y la trufa de Sarrión. Para comer en Teruel, nos recomendaron el Mesón Rufino y no nos arrepentimos. Eso sí, mejor reservar con antelación, siempre está lleno. Y para descansar, se podrá elegir entre el Parador, el Spa Hotel Ciudad de Teruel o el encantador hostal Amantes de Teruel.
Visitamos Teruel y sus alrededores a bordo de un Hyundai i30 2.0 de gasolina, 143 caballos y un par motor de 186Nm a 4.600rpm. Por vía rápida, este vehículo ofrece una conducción comoda y entretenida, destacando el increible silencio del motor de gasolina y su elevado confort. Resulta muy cómodo gracias a una excelente amortiguación, además de la insonorización.
En carreteras reviradas, el i30 se muestra lo suficientemente ágil (y con un balanceo contenido) para aportar cierto placer de conducción. El acabado Premium, que viste este modelo, se distingue por sus acabados muy cuidados y elementos de calidad, ofreciendo al habitáculo elegancia y sobriedad, sin dejar de lado la practicidad, con numerosos espacios de almacenamiento.
El consumo no se dispara y se mantiene en los mismos niveles que sus rivales directos (consumo medio homologado de 7,1 l/100 km). Ciertamente el i30 anuncia una nueva generación de Hyundai cada vez cercana al estándar europeo (si no lo ha superado ya).
1. La ruta2. Sobre el viaje3. Curiosidades4. Comer y dormir5. Hunday I30 2.0
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